Cuando las emociones se pueden expresar mediante acciones con fi nalidad propia, anuncian el tercer nivel cognitivo y del sí mismo. El bebé ya no sólo se recrea en las sonrisas que reflejan su imagen de una etapa anterior. Ahora interactúa de forma recíproca y contingente; es decir, quiere que le devuelvan algo por lo que da, y sus acciones responden a las de otras personas. En un reciente trabajo de investigación llevado a cabo con Stephen Porges, mi colaborador y yo detectamos que esta nueva or- ganización del sí mismo coincide con un importante cambio neurológi co. La reciprocidad intencional anuncia la puesta en marcha de un nivel superior del sistema nervioso central, a medida que se trazan nuevas vías cerebrales para las claves sociales y sus respuestas.
Como indicamos anteriormente, estas conductas voluntarias estable cen los primeros circuitos comunicacionales del niño: el bebé gorjea, papá levanta sus cejas, el bebé sonríe, papá coge al bebé en brazos, el bebé da una palmada a papá. Ahora intenta una sonrisa para obtener otra a cambio; cada mirada seria, sonrisa de satisfacción, gorjeo o
mirada, obtiene el reconocimiento por medio de un gesto como respuesta. A lo largo del tiempo, los gestos se vuelven progresivamente más sutiles y más elegantes a medida que el bebé comienza a dar, tomar y devolver y a pronunciar los más diversos sonidos. Las emociones y las sensaciones llevan a unos diálogos cada vez más ricos y diferenciados, a medida que el bebé aprende maneras cada vez más expresivas y originales para comunicarse con el mundo que le rodea. Veinte, treinta e incluso cuarenta circuitos comunicacionales se enlazan ahora de forma rutinaria, en tanto que caricias, ademanes, sonrisas, guiños, risas, movimientos de cabeza y miradas serias se multiplican y constituyen largas conversaciones gestuales que relacionan al bebé con las personas significativas de su entorno.
En esta época el bebé comienza a esbozar un sentido de sí mismo como ser diferencial: no, claro esta, un sí mismo en su totalidad, integrado u organizado, pero sí un sí mismo ya no del todo incapaz de distinguirse de los demás. Al principio, el bebé experimenta pequeñas partes del sí mismo: felicidad, rabia, temor. Percibe diferentes tonalidades emocionales en su cuerpo cuando alarga su mano para alcanzar una pelota o arrebata una galleta de la boca de mamá para introducírsela en la suya. Su primer sentido de intencionalidad y deseo coincide con —y da pie a la definición de— lo que denominamos sí mismo intencional o deliberado. Ahora ya no existe sólo un deseo de hacer algo, sino un «yo» —o, al menos, la fracción de un «yo»— que lo ejecuta. Al combinar el pensamiento intencional y la acción, el bebé comienza a experimentar estas parcelas rudimentarias de sí mismo.
Este sentido del yo no existe porque, de hecho, no puede existir de forma abstracta o en ausencia de otras personas. El sistema nervioso ha madurado en grado suficiente, sin embargo, para que el niño pueda mostrar las emociones, a la vez que percibirlas y responder ante las mismas, capaz de convertir estas experiencias en un intercambio. Gracias a las iniciativas y a las respuestas de sus padres, el bebé experimenta la iniciativa y la respuesta en sí mismo: en otras palabras, un sentido del «yo» inter activo. Lo que hace y cómo reacciona definen las piezas inseparables de esta intencionalidad recién adquirida.
Al principio, no había un sí mismo intencional o deliberado sino, únicamente, un sentido de unión con la persona que se hacía cargo de él. D.W. Winnicott lo describió enfáticamente: «Un bebé solo no existe». A partir de este núcleo amorfo comienzan a crecer los primeros y diminutos vástagos de un sentido del sí mismo si —y únicamente si— el niño, que dispone ahora de la capacidad física para interactuar, vive en un entorno que responde a sus propuestas relacionales y le estimula a usar ese nuevo potencial. Los primeros límites psicológicos entre el bebé y su mundo exterior, el primer esbozo de un sí mismo complejo, surge a partir de las acciones impulsivas de un niño en confrontación con las reacciones de un adulto. La respuesta a estas interacciones precoces y deliberadas comienza a dibujar un límite entre lo subjetivo y lo objetivo. Así nace un sentido de la realidad fuera de nosotros mismos. Nuestro sentido de la realidad es un producto de ambos procesos, los subjetivos y los objetivos. Comienza, sin embargo, con la fijación de este límite tan precoz.
A partir de las señales de la conducta intencional, como tocar la na riz de papá o tirar comida al suelo, desciframos anhelos, deseos e intenciones. Llegados a este punto, la conducta motriz evidencia el deseo y la motivación. Resulta interesante constatar que, en ausencia de la creciente capacidad para coordinar su musculatura gracias al desarrollo de su sistema nervioso, el niño no sería capaz de construir algo tan elaborado como un deseo o anhelo. En otras palabras, un deseo o una exigencia muy probablemente no puedan existir, todavía, como ideas por derecho propio. Deben estar ligados a una conducta que los defina. Una acción define un deseo de la misma manera en que un símbolo verbal definirá una idea más adelante; aporta la forma o estructura necesaria para trasladar la intencionalidad de la vida interior subjetiva del bebé a la vida exterior de la objetividad interpersonal. En ausencia de estas acciones defini torias, el deseo potencial no acabaría siendo un deseo o una exigencia independiente.
El niño no tiene todavía la capacidad para crear símbolos o ideas con el fin de representar deseos o anhelos. La principal vía para adquirir conocimientos y comunicarse es a través del sistema motor. Por este motivo, animamos a niños con
graves afecciones motrices o retrasos en su desarrollo a que utilicen cualquier parte de su sistema motor hábil, como pueden ser sus lenguas o la musculatura del cuello, para transmitir el sentido de la intencionalidad. Cuando un niño es incapaz de expresar intencionalidad en esta fase inicial de su evolución, el desarrollo intelectual y emocional puede estar en peligro. Niños que padecen importantes retrasos motores y que han evolucionado de forma satisfactoria, incluso cuando la intervención ha sido tardía, frecuentemente desarrollan vías de comunicación a través de miradas, sonidos o movimientos parciales.
Mientras que el sistema motor constituye un medio para definir y expresar deseos y anhelos, la combinación de afecto y conducta motriz intencional define su carácter proposicional. En una etapa anterior, el bebé tenía necesidades —se le debía alimentar, cambiar, sujetar— pero no las expresaba en forma intencional alguna. Su hambre, malestar, o regocijo comportaban cambios en su expresión facial, sonidos, postura corporal y similares. Estos cambios eran, sin embargo, exclusivamente reactivos a las sensaciones y emociones que estaba experimentando. La capacidad actual de utilizar sus brazos para alcanzar, agarrar o tirar; su capacidad para gritar de rabia debido a una molestia fisiológica (o para reírse subrepticiamente, con el fin de obtener otra risa en respuesta, por una ventosidad) anuncian la voluntad del bebe. Un «yo» curioso, un «yo» temeroso, un «yo» furioso --todos ellos gérmenes del sí mismo— no están todavía unificados. Inicialmente, sólo existen como pequeños islotes aisla dos; es más adelante cuando forman un todo. El sí mismo que, en un principio, no era más que un estado general de alerta, evolucionó hacia un sí mismo relacionado y comprometido con el mundo. Es ahora cuando brota un sí mismo nuevo, intencional. En esta fase evolutiva, la conciencia consiste en un creciente sentido de la intencionalidad, en ser agente de una conducta premeditada.