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EL TERCER NIVEL: ESBOZOS DE INTENCIONALIDAD

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 38-40)

La capacidad de entablar relación con, al menos, otra persona conduce a la siguiente etapa del desarrollo, un intercambio voluntario de señales y respuestas. Los niños que han superado con éxito el paso hacia este compromiso sincero se van dando cuenta, progresivamente, de que las acciones que transcurren entre ellos y los demás forman parte de un intercambio bidireccional. En el mundo existe intencionalidad: una sonrisa lleva a otra sonrisa; una mirada tenebrosa, a cualquier otra respuesta. Si bien todavía falta mucho para que el niño maneje los símbolos y el lenguaje, en la segunda

mitad de su primer año de vida los bebés comienzan activamente a usar gestos y expresiones para tomar parte en un diálogo preverbal. El más sencillo de los gestos es objeto de sutiles cambios: sonrisas, ceños fruncidos, movimientos de cabeza, cambios en la postura corporal, guiños, murmullos delicados o malhumorados. De ser exclusivamente sincrónicas, como en la anterior etapa evolutiva, las acciones del bebé y de sus padres se vuelven, ahora, realmente interactivas. La madre habla con entusiasmo y el niño asiente, en respuesta, con un movimiento de cabeza. El bebé mira un juguete, su padre lo coge y el bebé gorjea de satisfacción. El hábito de comunicarse, que durará toda la vida, comienza con estas sencillas secuencias interactivas que denominamos circuitos comunicacionales. Estas interacciones implican, en esta etapa, un aprendizaje físico o somático; la conducta y las emociones están estrechamente ligadas a las consecuencias físicas, como recibir un abrazo o escuchar un comentario cariñoso en respuesta.

Al mismo tiempo, se va desarrollando una capacidad psicológica fundamental e imprescindible para la futura evolución mental: la capacidad del niño de definir los límites que separan el «yo» del «tú», la toma de conciencia de que únicamente ocupa una pequeña porción del universo, mientras que otras personas ocupan otras partes situadas fuera de su alcance. A partir de estas interacciones tan elementales, los niños comienzan a comprender que sus propias acciones pueden desencadenar respuestas de personas distintas a ellos, que existe una realidad exterior, ajena a su mundo y no siempre sujeta a su voluntad, más allá de sus propios sentimientos y deseos. Los gestos aparentemente poco importantes que comenzamos a entender hacia el final del primer año de vida s i r v en para asentar nuestras relaciones humanas y nuestros procesos de pensamiento para el resto de nuestras vidas. También configuran los límites de cada persona como ser individual. Cuando las personas saludan mediante un breve gesto con la cabeza, cuando nuestras miradas chocan de un extremo al otro de la habitación, o musitan «Ajá» mientras nos escuchan por teléfono, aprendemos dónde acabamos nosotros y dónde empiezan ellos. Con las mismas señales gestuales, pequeñas pero sutiles, que definieron nuestras interacciones más precoces, manejaremos todas nuestras relaciones mientras vivamos. La persona con la que estamos conversando animadamente, ¿realiza el comentario oportuno en el momento pre ciso, sonríe ante cualquier observación nuestra? Si es así, percibimos el compromiso relacional y nuestro discurso será fluido. Si se diera el caso, por otro lado, de que alguien nos mirara fijamente, de forma inexpresiva, con la mirada perdida en el espacio o permaneciera en silencio, comenzaríamos a sentirnos desorientados, rechazados o acaso poco queri- dos. Personas muy sensibles pueden darse cuenta, incluso, de que su pensamie nto se desorganiza y su sentido de intencionalidad se diluye progresivamente.

Este patrón se puede observar, claramente, en la infancia. En un es tudio muy conocido, realizado con bebés de cuatro meses de edad, se pidió a madres de bebés sanos que no hicieran uso de sus habituales sonrisas, gestos de asentimiento o muestras de cariño, y mostraran únicamente unas miradas fijas e inexpresivas. Los bebés siguieron un patrón de respuesta predecible, sonriendo, agitándose y alzando los brazos, en un principio, cada vez con más y más intensidad, como diciendo «¡Eh, prés- tame atención! ¡Te estoy hablando!». En vista del escaso éxito, descansaron un momento y volvieron a la carga, de forma más frenética. A los pocos minutos, se mostraron irritables y furiosos, sus gestos se volvieron desorganizados y, poco a poco, fueron perdiendo su carácter intencional hasta que, finalmente, la apatía y el desinterés se fueron instaurando v los bebés decidieron tirar la toalla.

En otro nivel, cualquiera que haya intentado conversar con alguien de semblante grave o haya dado una conferencia ante un auditorio insensible, habrá podido percibir este estado de confusión y desorientación. Pero el efecto que ello tiene sobre los bebés, desencadenado por cuidadores irresponsables, es infinitamente superior, privándoles de la oportunidad de establecer unos límites efectivos para sus sí mismos en evolución. A diferencia de los bebés del estudio, cuyas madres rápidamente los sacaron del apuro mediante cariñosos abrazos, los bebés privados, sin excepción, de las respuestas adecuadas se vuelven persistentemente desorganizados. Pierden el interés por comunicarse, convirtiéndose, en última instancia, en seres apáticos e incluso alicaídos.

Una deprivación precoz de tales características tiene repercusiones; reconocibles en la edad adulta. Un paciente, habiendo ya cumplido los veinte, carecía, sin embargo, de un sentido claro de los vínculos que se establecen entre él y los demás y hacen posible unas relaciones normales. Cuando Bill inició la psicoterapia, era un matemático e inventor brillante, pero parecía ignorar el nivel gestual de la comunicación: el con tacto visual, las expresiones faciales y las posturas corporales que las personas utilizan de forma intuitiva para recalcar sus intenciones y orientar sus interacciones con los demás. Al comienzo de sus sesiones fijaba, brevemente, su mirada en el terapeuta antes de desviarla hacia una ventana próxima. Comenzaría, entonces, un soliloquio largo, más bien monótono, sobre sus actividades más recientes. Apenas hablaba de emociones y no respondía nunca a los levantamientos de cejas, a los movimientos afirmativos con la cabeza, a las gesticulaciones o a los cambios en la postura corporal del terapeuta. Bill, de hecho, apenas reconocía al terapeuta. No hace falta decir que tampoco fuera del contexto terapéutico respondía a las más elementales señales que emitían los demás, metiéndose, así, en todo tipo de dificultades, tanto en su vida social como profesional. Al margen de que las personas se sintieran cansadas, aburridas, molestas, contentas o tristes, Billy continuaba con sus monólogos autorreferenciales. Acudió a terapia, finalmente, debido a los crecientes sentimientos de entumecimiento, de no tener «nada dentro de sí» y por la ausencia de relaciones en su vida, aparte de las que mantenía, superficialmente, en su entorno laboral.

A medida que se pudieron obtener datos de su historia se descubrió que, a la edad de nueve meses, había perdido a ambos padres en un accidente de coche. Un tío y una tía mucho mayores lo acogieron y, a lo largo de toda su infancia, satisfacieron todos sus caprichos. Dado que estaban absolutamente entregados a su persona, nunca le impusieron límite u obligación alguna, nunca objetaron su parloteo incesante, nunca mostraron abiertamente que desaprobaban determinada conducta o definie ron esta desaprobación mediante una mirada severa, un movimiento de de los dedos o un chasquido de la lengua. Más bien estaban pendientes de cada una de sus palabras a lo largo de horas de inacabables monólogos, los mismos que sufría, ahora, el terapeuta. Representando su papel, durante todos estos años, ante una audiencia entregada, Bill nunca tuvo que esperar su turno en la conversación, imaginar las consecuencias desagradables de cualquier travesura, calibrar el estado de ánimo de sus tutores o amoldar su conducta a sus deseos. El niño pequeño nunca aprendió, y el hombre adulto todavía no sabía cómo enviar y recibir los mensajes no verbales que definen tanto los límites que separan a los individuos, como el terreno común que se sitúa entre ellos. La larga terapia de Bill comenzó a surtir efecto cuando el terapeuta empezó a adoptar los sencillos gestos de «Paren» y «Circulen» del guardia del tráfico, para «dirigir» la conversación y para que ambos tuvieran la ocasión de hablar. A través de la práctica, Bill se fue dando cuenta progresivamente del alcance de la co municación gestual y comenzó, así, a experimentar a las demás personas como seres emocionales que tienen deseos e intenciones propias.

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 38-40)

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