De todos los temas que nos preocupan actualmente, no hay ninguno que constituya una amenaza mayor para nuestra tranquilidad doméstica que el ingente sufrimiento que afecta a las familias más pobres de nuestras principales ciudades. Los norteamericanos conocen este problema lamentable por diferentes nombres, todos ellos familiares desde hace años por las diferentes portadas de los periódicos, las noticias emitidas por la radio y el miedo que experimentan las personas que habitan en ciudad en sus vidas cotidianas. Lo vemos en las estadísticas sobre violencia, crímenes, adicción a las drogas, índices de abandono escolar, desempleo crónico, el desmoronamiento del centro de las ciudades, la crisis c la asistencia social, los embarazos entre adolescentes, la desintegración familiar. Fundamentalmente, todos estos problemas proceden de un único mal: el amplio número de familias absolutamente incapaces de forro, a sus hijos emocional e intelectualmente para que lleguen a ser miembros productivos de la sociedad.
En cualquier nivel socioeconómico, se observan disfunciones grave No obstante, en una pequeña proporción de las familias más pobre de los Estados Unidos las desventajas inherentes a la pobreza se puede unir a otras dificultades para crear un entorno en el que los niños tienen escasas posibilidades de adquirir las habilidades emocionales e intelectuales necesarias para tener éxito en la vida. Los resultados son sorprendentemente desproporcionados: la mayoría de los jóvenes que abandonan el colegio y son incapaces de obtener un empleo estable proceden de tal vez sólo un cinco por ciento de familias pobres. Y así también los hombres despiadados que siembran el terror en nuestras calles; los toxi- cómanos enganchados que alimentan, a menudo a través del crimen o la prostitución, una amplia y sangrienta industria; las adolescentes solteras que traen al mundo bebés a los que no pueden atender en absoluto; los niños maltratados y abandonados que repiten su recorrido entre familias caóticas, instituciones públicas y hogares de acogida; los padres que atormentan a estos desgraciados jóvenes; los residentes de nuestras prisiones y de nuestros hospitales mentales.
La gran mayoría de las familias que luchan contra la pobreza, sea con o sin ayuda social, consiguen transmitir valores positivos a través de una educación llena de afecto. Pero un pequeño porcentaje continúa, gene-ración tras generación, llenando la vida de sus hijos de privaciones y de dolor y vertiendo sobre la sociedad otra oleada de jóvenes amorales, de- sarraigados, condenados a seguir poblando una clase social que se autoperpetúa.
La finalización de este ciclo de desolación y desesperación, y las terribles consecuencias que acarrea, es uno de los asuntos políticos más importantes de nuestra época. El miedo a la
delincuencia condiciona la vida de muchas comunidades, convirtiendo a ciudadanos honrados, especialmente los de mayor edad, en prisioneros recluidos detrás de puertas blindadas y ventanas reforzadas Cada vez más ciudadanos normales reclaman el derecho a llevar armas reglamentarias. Un número relativa-mente pequeño de hombres jóvenes y asociales, responsables de desmanes pandilleros, homicidios por atropello, navajazos mortales por una cazadora o unas zapatillas deportivas, robo de coches y vagabundeo, ha privado realmente a los demás conciudadanos de la libertad y del sentido de la seguridad que hacen posible la vida urbana.
Dado que esto no siempre ha sido así en nuestras poblaciones y ciudades, y dado que en la mayoría de ciudades europeas, incluso canadienses, no existe un nivel parecido de violencia, debemos suponer que las soluciones existen. De hecho, desde todos los puntos del espectro político llueven propuestas que garantizan el éxito: leyes más estrictas, demandas de puestos de trabajo, orfanatos, formación laboral, campamentos de trabajo, asistencia social, limitación de horarios, custodia subvencionada... Es bastante improbable, no obstante, que cualquier pro-grama de gobierno pueda curar una patología tan hondamente arraigada e intratable como ésta. El individuo violentamente antisocial no surge del vacío, sino que representa únicamente el síntoma más notorio de la gravísima penuria social responsable de otros muchos problemas: gente joven que no puede estudiar ni trabajar, deprimida, pasiva, potencial-mente suicida o con alguna otra enfermedad mental, o que se destruye a sí misma y a su futuro a base de alcohol o drogas. Sólo la comprensión profunda de las raíces de una patología tan grave nos puede llevar hacia las soluciones. Existe, por supuesto, una extensa bibliografía sobre los factores evolutivos, familiares y comunitarios, asociados a la violencia y al crimen. La perspectiva evolutiva aporta su visión esclarecedora.
Se solía pensar que era el nivel educativo de los padres, más que sus aptitudes emocionales, lo que mejor predecía la inteligencia de un niño. Las pruebas no podían desgranar si las puntuaciones del Cl reflejaban la predisposición genética, los hábitos de lectura y de conversación en casa, el grado de tensión económica entre los miembros de una familia, el acceso a las fuentes educacionales o culturales, la capacidad de satisfacer ne- cesidades emocionales o una combinación de todo ello. No obstante, en una investigación en la que participamos Arnold Sameroff, de la Universidad de Michigan, y yo, junto a otros colaboradores, se llegó a la conclusión de que los factores de riesgo emocionales, independientemente de la clase social o de la educación de los padres, se correlacionan con los resultados cognitivos a lo largo de la infancia: Además, cuando los facto-res de riesgo emocionales se añaden a otros de tipo económico o social, detectamos que niños procedentes de familias con cuatro o más factores adversos, como padres deprimidos o drogodependientes, un clima emocional tenso, nivel cultural bajo, escasos medios económicos y un bajo nivel social u ocupacional, tienen veinticuatro veces más probabilidades de obtener unas puntuaciones inferiores a 85 en su CI que los niños provenientes de familias con sólo un factor desfavorable. Hijos de familias más favorecidas puntuaron, de forma casi generalizada, en los niveles normales y superiores. Tal como cabía esperar, los niños procedentes de familias plagadas de dificultades mostraron, asimismo, un mayor número de problemas comportamentales. Los estudios de seguimiento de es-tos niños a la edad de trece años confirmaron estos hallazgos.
En un estudio destinado a diferenciar aquellos aspectos de las acciones y actitudes de educadores o familias que marcan la diferencia, la manera en que los adultos responden a las señales emocionales y sociales del niño resultó ser decisiva.' Los adultos que participan en exploraciones conjuntas y que interpretan bien las intenciones y los deseos del niño tienen mayor capacidad para estimular la inteligencia que aquellos que se muestran pasivos o excesivamente directivos. Dejar que el niño lleve la iniciativa, interpretar y responder a sus expresiones emocionales, más que ignorarlas o responder de forma negativa, también son cosas que se correlacionaron con la inteligencia.
Déjenme resaltar, una vez más, que la pobreza por sí misma no explica las ruinas humanas de las clases más bajas; innumerables personas que han crecido en condiciones de pobreza llevan unas vidas satisfactorias y responsables. Tampoco lo explica la monoparentalidad, una conmoción social, el racismo o cualquiera de los muchos factores comúnmente responsabilizados de ello. Las víctimas de estas desgracias han conseguido, casi siempre, actuar como ciudadanos honrados y productivos.
proceden de familias atrapadas en una tupida red de complicaciones. En estas familias multiproblemáticas, los padres no con-siguen llevar a cabo sus más elementales obligaciones. Las realidades cotidianas con las que se encuentran los niños de estas familias incluyen unas madres muy jóvenes e incompetentes, adictas muchas veces al alcohol o a las drogas, gravemente deprimidas, o todo ala vez; un trato vio-lento, abusivo e inconstante; carencias materiales y privación emocional; padres ausentes o parejas conflictivas y opresivas; inestabilidad social y peligro físico.
La combinación de estas condiciones multiplica, en gran medida, la posibilidad de que el niño crezca sin que pueda abarcar las complejidades de nuestra sociedad, cada vez más tecnificada, encontrar y mantener un empleo o educar a sus propios hijos de forma responsable. En esta fracción problemática de la población, que acabamos de describir, mu- chas familias padecen más de una de estas carencias. La mitad de todas las mujeres encarceladas, por ejemplo, no son los únicos miembros de su familia que están entre rejas. Una tercera parte tiene unos padres con problemas de abuso de alcohol o drogas. Un estudio longitudinal sobre madres de alto riesgo y sus hijos puso al descubierto que dos terceras partes de las mujeres habían sufrido maltrato físico o sexual o abandono manifiesto durante su propia infancia; para la mitad, el abuso por parte de los miembros de la familia o de los compañeros sexuales tuvo continuidad en la vida adulta.
Es lógico que niños con estos antecedentes muestren déficit en cualquier etapa y en todos los aspectos de su desarrollo, lo que crea seres in-competentes para aprovechar las oportunidades que ofrece la sociedad. Como vimos en el capítulo 10, estos jóvenes fracasan precozmente en el aprendizaje académico, basado en la lectoescritura, y abandonan la es- cuela. No aprenden las habilidades más elementales —puntualidad, gratificación no inmediata, modales convencionales— necesarias para obtener trabajo. A medida que avanzan hacia la edad adulta, les van faltando los títulos y los documentos necesarios para poder seguir los cauces correspondientes que permiten una progresión ascendente, como son el servicio militar o una formación profesional. Dado que los caminos que permiten alcanzar normalmente el estatus de adulto independiente que-dan excluidos, tienen que volver a echar mano de los recursos insuficientes de sus vecindarios: actividades delictivas, tráfico de drogas, prostitución, dependencia de la asistencia social.
Todas las derrotas posteriores surgen de estas carencias tempranas, que, a su vez, derivan de la privación y desolación emocional de sus primeros años. Dado que no tuvieron un adulto competente que les aten-diera o que estuviera en disposición de educarles, estos niños no pudieron superar los niveles evolutivos de la organización mental. Muy frecuente- mente, no son capaces de regular su atención. No tienen confianza en sí mismos y únicamente se relacionan superficialmente con las demás personas. Comunican sus sentimientos y sus deseos de forma muy precaria, tanto verbal como no verbalmente, y actúan de forma impulsiva. Sus vidas interiores son pobres, desprovistas de imaginación. No saben cómo interpretar las señales emocionales de los demás, ni tienen capacidad para soportar pérdidas o frustraciones.
En resumen, estos niños han sido privados de los aprendizajes que resultan de las relaciones emocionalmente intensas de la infancia. Sus familias caóticas no han sabido cumplir con sus obligaciones más elementales: aportar protección física, estabilidad emocional, un afecto y unos cuidados persistentes. Sin una intervención drástica, el tipo de educación que podría satisfacer sus crecientes necesidades evolutivas constituye un lujo inasequible, incluso inimaginable.