Desde la historia de Adán y Eva, pasando por la leyenda de Fausto, hasta las modernas parábolas de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú y Parque jurásico, el terna de la pérdida de los valores básicos en el intento de la humanidad por alcanzar la totalidad del saber y el poder, ha impregnado el pensamiento occidental. Sea resignándose al destierro del paraíso, vendiendo su alma al diablo, poniendo en marcha la maquinaria del Apocalipsis o combatiendo a los resucitados monstruos prehistóricos, los seres humanos se han visto obligados a elegir entre seguir el dictado del intelecto o defender sus valores y creencias básicas.
Este conflicto tan antiguo alcanza un nuevo matiz irónico, dado que podemos correr el peligro, actualmente, de perder tanto el intelecto como esos inestimables valores humanos,
de forma simultánea y a través del mismo proceso. Corno vimos en la primera parte del libro, cl dilema que se nos presenta no es un debate entre alma e intelecto, entre las emociones y la razón. En su lugar, las modernas instituciones sociales y gran parte de la tecnología que las sustenta, han llegado a constituir una amenaza para las condiciones que nutren a la inteligencia, al sentido humanitario, a la moralidad y a la creatividad.
Tanto los rasgos intelectuales como emocionales de la mente humana proceden de una misma fuente, a saber, la interacción emocional compleja.
Al favorecer cl rápido y creciente carácter impersonal de las cosas en cualquier aspecto de la vida, la estructura de la sociedad moderna socava, sin embargo, los fundamentos de la mente humana. Las sociedades avanzadas corren el peligro de destrozar, así, la base de sus propios logros. Si ciertas tendencias no varían, la sociedad se arriesga a perder no sólo su espíritu sino también el precio que Fausto pagó por su propia alma, la capacidad de adquirir v usar el conocimiento. Existe, por supuesto, des-de hace centenares de años, una gran desconfianza hacia el cambio tecnológico y social. La hipertrofia del intelecto y el genio como amenaza de peligro, representada por el doctor Frankenstein, todavía configura la visión que muchas personas tienen de la ciencia v de la tecnología. Las armas nucleares y biológicas, la tecnología de los ordenadores, los proyectos del genoma humano, todo ello ha encumbrado al conocimiento en su globalidad hasta convertirlo en suicida y, a su vez, al intelecto para agredir activamente la integridad e incluso la continuidad de la vida. Pero el peligro que hemos expuesto asoma en un nivel mucho más elemental. Más allá de constituir una amenaza para la supervivencia humana, el carácter impersonal de nuestras vidas, debido a los cambios tecnológicos y sociales, amenaza el potencial intelectual que ha hecho posible el progre-so, capacidad que nace de las primeras interacciones íntimas que surgen entre los niños y los adultos que más se ocupan de ellos. Las cualidades más estrechamente vinculadas a nuestra condición de seres humanos —razonamiento, sentido humanitario, amor, intuición, inteligencia, creatividad, valor, moralidad, espiritualidad— se desarrollan a partir de la interacción entre el sistema nervioso del individuo y la experiencia emocional que deriva de las relaciones recíprocas del día a día. Deben reconocerse estos orígenes comunes antes de que podamos comprender el grado de peligro que amenaza a nuestra sociedad.
Hace más de doscientos años, Thomas Jefferson expuso su postura contraria al incipiente proceso de industrialización de la joven nación americana, pensando que debilitaría la vida de las diferentes comunidades. Siguiendo a Michael Sandel, autor de Democracy's -Discontent resaltó los peligros de la industrialización y puso cl énfasis no en las consecuencias económicas, sino en las consecuencias sociales e individuales. De forma notable, anticipó muchos de los tenias que debatimos en la actualidad, por ejemplo cómo los patrones económicos influyen en aspectos eco básicos como la forma en que una familia educa a sus hijos.
Para la mayor parte de la humanidad, las rutinas de la vida cotidiana han permitido, hasta ahora, que los niños crecieran rodeados por una red de estrechas interacciones con los adultos. Tanto en las tribus como en los poblados o en las pequeñas ciudades de provincia; tanto practicando la caza, trasladándose con sus rebaños, o dedicándose a la agricultura o al comercio, los niños vivían con sus padres rodeados por personas a las que conocían y por las que eran conocidas íntimamente. Hace no mucho tiempo, e incluso en las grandes ciudades, las familias organizaban su vida dentro de los confines de un vecindario que uno podía atravesar fácilmente a pie. No fue hasta el siglo XIX, con la llegada del ferrocarril, cuando el inglés medio, cuyo país era, entonces, el más rico del planeta, comenzó a tener la oportunidad de viajar unos pocos kilómetros más allá del lugar en el que nació.
A lo largo de la primera era moderna, los niños aprendían sus roles de adulto, o bien de sus padres y de otros parientes cercanos, o bien como aprendices, compartiendo su vida con las familias de sus maestros. Frecuentemente, las familias permanecían asentadas en un mismo lugar durante muchas generaciones, de tal manera que los parientes solían, a su vez, ser vecinos.
En una sociedad así configurada, las relaciones íntimas no sólo eran frecuentes, sino inevitables. La vida común aportaba, así, de forma rutinaria y natural, las condiciones necesarias que un sistema nervioso tan complejo como el humano necesitaba para poder desarrollar todo su potencial, una estrecha complementariedad que resulta, sin lugar a dudas, de miles de años de evolución social.
personas de las relaciones familiares íntimas necesarias para alcanzar un elevado nivel de desarrollo. Dado que solían vivir en comunidades comprometidas por un profundo consenso social y organizadas por medio de unas reglas de conducta muy claras y específicas, incluso aquellas personas que operaban en niveles limitados se mantenían, la mayor parte de las veces, al margen de las dificultades.
A medida que los medios de producción de los requisitos básicos para la vida fueron volviéndose cada vez más eficientes, una gran cantidad de tiempo y de talento quedó liberado para poder dedicarse a otros objetivos. Fue así como se fomentaron los avances generadores de riqueza, los que, por su parte, facilitaron la adaptación social de mucha gente dando pie, a su vez, a posteriores innovaciones económicas. Cada uno de estos factore s—los patrones mediante los cuales las personas se relacionan entre ellas, las diferentes formas de ganarse cada uno su sustento y el desarrollo de sus capacidades creativas— evidentemente pesan sobre la conciencia individual de las personas. La vida de las personas no se puede desarrollar de forma satisfactoria si falta uno de estos factores, y cualquier aspecto que amenace su capacidad para trabajar de forma coordinada entre ellos debe, pues, necesariamente, trastocarlos en su totalidad.
Debido a los cambios que ha experimentado la sociedad a lo largo de las últimas décadas, han surgido nuevos patrones que modifican las relaciones en las que se basan los patrones evolutivos. Tanto en nuestra vida familiar como en la laboral —ámbitos casi plenamente diferenciados para la mayoría de personas—, la relación personal íntima es cada vez menos frecuente mientras se impone un estilo impersonal. En primer lugar la radio, después el cine, la televisión y, finalmente, los juegos de ordenador han tomado el lugar de los antiguos pasatiempos, como eran las tertulias, los cuentos, la lectura en voz alta, cantar en grupo y tocar instrumentos musicales. Las noches ante el televisor han usurpado el sitio de los paseos por el barrio y las charlas a las puertas de las casas. Los juegos «interactivos» de ordenador han suplantado a los juegos de salón, a las escenificaciones teatrales domésticas y a los detallados juegos de ficción.
La estructura de nuestras familias impide ahora estas relaciones íntimas. Con ambos padres trabajando fuera de casa, o padres o madres viviendo solos, intentando cumplimentar todos los papeles adultos de la familia, cada vez hay más bebés y niños pequeños que pasan gran parte de su tiempo en guarderías, donde las oportunidades de poder disfrutar de una relación cara a cara con un adulto son mucho menores. Existen cada vez más personas jóvenes que se encuentran, a la vuelta del colegio, con casas vacías e incluso con unos vecindarios con escasa presencia adulta, al servir únicamente de dormitorio para las personas que trabajan lejos de allí. Unos índices de divorcio elevados, unos índices crecientes de niños nacidos fuera del matrimonio, menor presencia de familias ex-tensas y padres pluriempleados, hacen que los niños cada vez tengan un menor acceso continuado a las personas adultas. Estas tendencias también comprometen las oportunidades posteriores de poder disfrutar de las relaciones íntimas que faciliten alcanzar las etapas evolutivas adultas.
Incluso los padres con ingresos relativamente altos encuentran, a menudo, dificultades para dar a sus hijos esa relación intensa y estrecha que tanto ayuda a evolucionar en los niveles de desarrollo superiores. Entre aquellos que no padecen una pobreza o dificultades extremas, en las clases medias que, tradicionalmente, llevan a cabo gran parte del trabajo más elemental de la sociedad y que transmiten, de una generación a la siguiente, gran parte de los valores y de las pautas de funcionamiento que vertebran las sociedades, las posibilidades parentales para educar a los hijos se están viendo comprometidas. La necesidad creciente de que ambos padres trabajen por un sueldo lejos de casa reduce, a veces de for- ma importante, el tiempo que pueden pasar con sus hijos. A pesar de la tendencia a que muchos trabajadores freelance ejerciten su profesión en sus hogares, la calidad de las interacciones entre padres e hijos puede, aun así, ser escasa.
Los Estados Unidos han sido, a la fuerza, los conejillos de Indias de un amplio experimento social. Mientras esperamos el resultado final, los primeros datos no parecen excesivamente esperanzadores. El recurso moderno de la asistencia diurna, masificada y comercial, difiere en muchos aspectos básicos tanto de la tradición de la clase privilegiada en lo referente a delegar en el servicio muchas de las tareas asistenciales de los niños pequeños, como de alternativas colectivizadas de la educación infantil, como es el caso de los kibbutz israelíes. En ambos casos, los niños crecen al cuidado de adultos que permanecen en sus vidas durante un largo período de tiempo y que se implican personalmente en su destino. En
el primer caso, las niñeras y las tatas solían ser criadas que llevaban mucho tiempo en las familias, ligadas emocionalmente, por orgullo o incluso por identidad personal, a sus señores, que las admitían para que tuvieran una presencia estable en la vida cotidiana, a la vez que asumían de cara a ellas una responsabilidad para toda la vida. En el segundo caso, los adultos que están a cargo de la supervisión de los «hogares infantiles» son miembros permanentes y generosos de una comunidad voluntaria e igualitaria, basada en objetivos y valores comunes. Los niños pasan, además, un considerable espacio de tiempo con sus padres.
Por contraste, en los centros de asistencia diurna de los Estados Unidos y en muchas situaciones familiares que recurren a este tipo de atenciones, los cuidadores cambian frecuentemente, están a menudo considerablemente agobiados por sus propios problemas familiares y económicos y, con gran frecuencia, proceden de unos ambientes culturales notoriamente diferentes a los de sus cargos. Empleados muy competentes a la hora de establecer unas relaciones cercanas y estrechas con los niños que están a su cargo, a menudo son ascendidos a puestos administrativos o directivos donde sus habilidades lucen mucho menos.
Se han realizado diferentes estudios sobre los efectos de la asistencia diurna extrafamiliar respecto al desarrollo de los niños.' Los estudios más completos plantean serias dudas sobre la conveniencia de los cuida-dos que los niños reciben durante el día, tal corno se concibe en la mayoría de los centros asistenciales. Estos son algunos de los hallazgos:
«La asistencia infantil es deficiente o mediocre en la mayoría de los centros de los Estados Unidos, con casi la mitad de los bebés y niños pequeños ubicados en habitaciones carentes de la mínima calidad exigible».
«En todos los niveles de la educación maternal, independientemente del sexo y del origen étnico, el desarrollo cognitivo c social se relaciona positivamente con la calidad de la experiencia asistencial infantil recibida.»
«Unos servicios de buena calidad cuestan más que los de calidad mediana pero no mucho más.»
«Son notorios los escasos conocimientos del consumidor, lo que crea deficiencias de mercado y disminuye la motivación de algunos centros respecto a ofrecer una asistencia de primera calidad.»
El estudio concluye que ―únicamente uno de cada siete centros ofrece un nivel de calidad asistencial a los niños que estimula el aprendizaje y un desarrollo sano», y que «la calidad de la atención infantil afecta a los niños en todos los niveles de la educación maternal». Otro estudio comprobó que los cuidados aportados por uno de los padres o por parte de un pariente cercano eran claramente superiores a cualquiera de las diferentes formas de asistencia ofrecida por los centros de día.'
Un ambicioso proyecto de investigación conjunta, actualmente en curso y financiado por el National Institute of Child Health and Human Development, está verificando que los niños que pasan gran parte del día en centros asistenciales originariamente suelen mostrar un apego deficiente respecto a sus padres, a no ser que éstos sean especialmente sensibles a las señales afectivas de sus hijos.' Este estudio indica que la asistencia extrafamiliar durante gran parte del día puede constituir un factor de riesgo de cara a la adquisición de los primeros patrones emocionales y sociales por parte de los niños. Se debe tener en cuenta que, hasta el momento presente, únicamente se han comunicado los resultados de la evaluación de los niños de quince meses de edad. El informe preliminar es difícil de interpretar: la asistencia exclusiva a la guardería no genera un apego deficiente hacia los padres, pero sí supone un riesgo para los niños cuando coincide con cualquier grado de insensibilidad parental. Cuando la calidad de la asistencia, el índice de rotación de las cuidadoras de la guardería y la edad extremadamente corta de los niños coinciden, además, con la falta de sensibilidad hacia sus necesidades emocionales, se producen efectos negativos en los niños. Algunos interpretan el hecho de que la asistencia a la guardería de bebés y niños pequeños, por sí misma, no tenga efectos negativos sobre el desarrollo infantil, como que no constituye un factor de riesgo.
Posiblemente un ejemplo nos ayude a clarificar este hecho. Supongamos que los niños que asisten a las guarderías son propensos a coger infecciones si la nutrición que reciben en
sus casas es inadecuada; sin embargo, si están muy bien nutridos, su índice de infecciones no difiere del de los niños que no asisten a la guardería. ¿Llegaríamos a la conclusión, entonces, de que la asistencia a la guardería no plantea problema alguno? La mayoría de las personas, creo, estarían de acuerdo en que sí comporta cierto riesgo, pero que otros aspectos positivos lo compensan. El hecho de que se requieran dos factores para generar el problema no nos debería llevar a ignorar la conclusión de que la asistencia a la guardería durante gran parte del día parece constituir un factor de riesgo cuando coincide con una escasa sensibilidad hacia las necesidades afectivas del niño en su familia.
En 1990, en los Estados Unidos, el 23% de los niños con una edad inferior al año, un 33 % de los de un año de edad, un 38% de los de dos años de edad y un 50% de los de tres años de edad, asistían a alguna guardería o servicio asistencial similar.' Un estudio realizado en 1994 por la Carnegie Corporation informa de que más del 53 % de las madres vuelven al trabajo dentro del primer año de vida de su bebé, y de que muchos niños pequeños pasan más de treinta y cinco horas a la se-mana insuficientemente atendidos.` Según Ronald Lally, este hecho constituye un cambio radical respecto de los años cincuenta y sesenta, en los que la mayoría de niños eran atendidos, durante su infancia, por familiares, presentándose, además, esos índices en claro ascenso. «Nunca, a lo largo de la historia, tantos niños de tan corta edad han pasado tanto tiempo» en presencia de otras personas que no son miembros de su familia.'
En unos ejercicios de observación llevados a cabo en diversas guarderías de primerísimo nivel, detecté que la mayoría de educadoras intentan relacionarse estrechamente con todos los niños que están a su cargo. Pero al cuidar de tres o cuatro niños, un índice normal para muchos centros, se encuentran con que deben dedicar gran parte de su atención, a resolver los problemas inmediatos del niño que está llorando. Lo que ocurre frecuentemente es que otro niño, con un carácter quizás algo menos sensible, más apacible, puede estar tranquilamente tumbado en su cuna y captar la mirada y sonreír a la educadora cuando pasa por su lado, dispuesto a establecer con ella una breve relación cariñosa: un intercambio gestual, por ejemplo. A menudo, la educadora se para durante un instan-te, observa al niño que está a punto de extenderle la mano o de emitir algún sonido de placer, para acabar decidiendo que no requiere un cambio de pañal o un biberón y continuar su camino con el fin de resolver algún asunto más urgente en el otro extremo de la habitación.
El bebé tranquilo pierde, así, la oportunidad de un pequeño intercambio relacional que estimularía su crecimiento emocional y, por lo tanto, mental. Un lapsus de estas características no constituye, casi nunca, una forma de dejadez o de maltrato y, por sí mismo, tiene un efecto escasamente duradero. En caso de repetirse docenas o centenares de veces durante los primeros meses de vida, esta sutil privación de intercambios gestuales y emocionales más prolongados, tan necesarios para un niño, sí podría entorpecer su evolución de cara a una experiencia emocional rica y matizada, piedra angular de nuestras capacidades mentales superiores. Frecuentemente, el personal responsable de la guardería da por sentado, además, que los niños disfrutan de una auténtica relación íntima con sus padres antes y después de su estancia en el centro. Atosigados por los horarios laborales, los medios de transporte para llegar al trabajo, la preparación de las comidas y las tareas domésticas, la mayoría de los padres responsables y encariñados con sus hijos a menudo no con-siguen, sin embargo, prestarles esa estrecha atención por las mañanas y por las tardes de los días laborables, tal como sería de su agrado, consolándose con una suposición similar de lo que ocurrirá con el niño duran-te su asistencia a la guardería. Debido a esta inadvertencia mutua, el niño puede perderse, así, ambas experiencias afectivas.
No quiero dar a entender con ello que la asistencia institucional carezca de todo mérito y no ofrezca beneficio alguno. La asistencia a la guardería ha demostrado favorecer el desarrollo de determinadas habilidades motrices y cognitivas. Pero, por muy importantes que éstas sean, no se deberían confundir, sin embargo, con la experiencia emocional que se origina a partir de las relaciones íntimas, constituyendo la base del desarrollo mental durante