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EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 73-78)

La conciencia, un concepto que se sitúa a caballo entre la psicología la filosofía, aúna las perspectivas y tradiciones de cada una de estas disciplinas. Por muchas razones, ha constituido un enigma para ambas.

Implica la estructura física del cerebro y experiencias tan subjetivas orno la conciencia de uno mismo y la consideración de determinadas mociones e ideas. No es de extrañar que las primeras teorías comprendieran explicaciones tanto físicas u objetivas, como espirituales o subjetivas, de la conciencia y de los fenómenos mentales del ser humano. El filósofo Bertrand Russell postuló que el dualismo entre las teorías materialistas objetivas e individualistas subjetivas constituye un tema sempiterno, no resuelto, en la historia del pensamiento occidental, con importantes connotaciones sociopolíticas.'

Filósofos contemporáneos como Daniel Dennett, junto con otras muchas personas sensatas, desearían pensar que todos los fenómenos mentales, incluyendo la conciencia, deben explicarse mediante la actividad física del cerebro.' Sin embargo, tal como hemos podido ver, el cerebro se desarrolla gracias a su constante interacción con la experiencia afectiva. Las dificultades que se

puedan presentar a lo largo de estas interacciones experienciales conducen, a su vez, a dificultades en el nivel de la conciencia. Niños que carecen de determinadas experiencias interactivas, por ejemplo, como ocurre en el caso de hijos de familias multiproblemáticas o disfuncionales, pueden no haber adquirido la capacidad autorreflexiva aun en el caso de un funcionamiento cerebral absolutamente normal. De forma parecida, los niños que padecen problemas físicos relacionados con el funcionamiento del sistema nervioso también muestran problemas de conciencia. Los niños que muestran patrones autísticos, pocas veces alcanzan algún grado de conciencia de sí mismos y de capacidad autorreflexiva hasta bien iniciada la terapia.

Tal como indicamos con anterioridad, cuando se planifican las interacciones para corregir los déficit de niños discapacitados, sean experienciales o físicos, se atraviesa una serie de etapas de niveles crecientes de conciencia y autorreflexión. Los niños que se desarrollan normal-mente también pasan por estas mismas etapas, comenzando con la inicial conciencia de sí mismos como seres sensoriales y emocionales, hasta la capacidad de reflexionar, simbólicamente, sobre sus propios sentimientos y deseos, si bien con un esfuerzo mucho menor.

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿cómo se integra la experiencia en la actividad física cerebral para dar lugar a esos niveles de conciencia? Creo, sinceramente, que una parte de la respuesta a esta pregunta reside en la capacidad del cerebro de experimentar y organizar emociones.

A partir de la observación de niños pequeños y mayores parece plausible pensar que el desarrollo del nivel de conciencia esté relacionado con la creciente consideración de nuestros propios afectos o de nuestras emociones. Los afectos que surgen a partir de los procesos físicos y que, progresivamente, adquieren un significado subjetivo, tienen la capacidad única de unir aquello que consideramos los aspectos objetivos del cerebro con la experiencia subjetiva. Dan lugar a unos patrones fisiológicos que podemos observar y medir. Así, por ejemplo, muchos procesos diferentes de los sistemas nerviosos simpático y parasimpático están relacionados con diversos estados afectivos.' La mayoría de personas experimentan enseguida estos estados físicos en forma de constricción de los músculos pectorales, palpitaciones cardíacas y la sensación de estómago

vacío que acompaña al miedo. Las emociones, sin embargo, también llegan a tener unas características subjetivas y, finalmente, un significado. Alegría, tristeza, odio, amor: todos ellos denotan un estado anímico o mental, una característica de la experiencia consciente. El hecho de tener conciencia de estos estados anímicos fue atribuido, tradicionalmente, a la vertiente subjetiva y espiritual de la vida mental.

¿Cómo adquieren los procesos fisiológicos esta tonalidad y este significado subjetivo? ¿Qué papel desempeñan en la elaboración de la conciencia? Como hemos expuesto con anterioridad, el niño experimenta, en un principio, estados anímicos muy genéricos, como son el sosiego, la excitabilidad y la angustia que parecen, en gran medida, ser de naturaleza física. A medida que el sistema nervioso va madurando, los bebés son capaces de experimentar y expresar su estado de ánimo de forma más sutil: una sonrisa especial dedicada a mamá, una mirada de enfado para papá, una reacción alegre de sorpresa ante una imagen o un so-nido agradable pero inesperado. Para que se puedan presentar estos estados mentales más sutiles un niño debe tener, sin embargo, experiencias interactivas con sus padres; los niños privados de estos estímulos tienden a seguir mostrando expresiones emocionales más genéricas. La experiencia

va perfeccionando, así, la expresión fisiológica, y la creciente regulación fisiológica cumple, a su

vez, funciones organizativas y expresivas de experiencias emocionales interactivas mucho más complejas. Si los músculos se ponen tensos, acompañándose de una sensación de malestar o de estrés, y la experiencia sigue perfilando este estado anímico, entonces puede surgir una sensación diferenciada de rabia. Esta sensación puede servir, posteriormente, para organizar y dar significado a ejemplo, muchos procesos diferentes de los sistemas nerviosos simpático y parasimpático están relacionados con diversos estados afectivos.' La mayoría de personas experimentan enseguida estos estados físicos en forma de constricción de los músculos pectorales, palpitaciones cardíacas y la sensación de estómago vacío que acompaña al miedo. Las emociones, sin embargo, también llegan a tener unas características subjetivas y, finalmente, un significado. Alegría, tristeza, odio, amor: todos ellos denotan un estado anímico o mental, una característica de la experiencia consciente. El hecho de tener conciencia de estos estados anímicos fue atribuido, tradicionalmente, a la vertiente subjetiva

y espiritual de la vida mental.

¿Cómo adquieren los procesos fisiológicos esta tonalidad y este significado subjetivo? ¿Qué papel desempeñan en la elaboración de la conciencia? Como hemos expuesto con anterioridad, el niño experimenta, en un principio, estados anímicos muy genéricos, como son el sosiego, la excitabilidad y la angustia que parecen, en gran medida, ser de naturaleza física. A medida que el sistema nervioso va madurando, los bebés son capaces de experimentar y expresar su estado de ánimo de forma más sutil: una sonrisa especial dedicada a mamá, una mirada de enfado para papá, una reacción alegre de sorpresa ante una imagen o un so-nido agradable pero inesperado. Para que se puedan presentar estos estados mentales más sutiles un niño debe tener, sin embargo, experiencias interactivas con sus padres; los niños privados de estos estímulos tienden a seguir mostrando expresiones emocionales más genéricas. La experiencia va perfeccionando, así, la expresión fisiológica, y la creciente regulación fisiológica cumple, a su vez, funciones organizativas y expresivas de experiencias emocionales interactivas mucho más complejas. Si los músculos se ponen tensos, acompañándose de una sensación de malestar o de estrés, y la experiencia sigue perfilando este estado anímico, entonces puede surgir una sensación diferenciada de rabia. Esta sensación puede servir, posteriormente, para organizar v dar significado a una gama de experiencias interactivas caracterizadas por un estado de frustración o de malestar.

En la segunda mitad del primer año de vida, los bebés manifiestan, habitualmente, una sutil expresión de afectos muy diferentes, como son la rabia, el enfado, el estado de sorpresa, desesperación, felicidad, entre ,otros, que sirven, entonces, para categorizar y atribuir un significado a experiencias interactivas posteriores.' Con el paso del tiempo, y a medida que las experiencias se van organizando de forma circular, gracias a un número creciente de estados afectivos, se elabora un mundo interno subjetivo. Entretanto, también se está creando una categoría experiencial denominada «realidad externa». Tanto el mundo subjetivo interno como la toma de conciencia de una realidad exterior surgen, gradualmente, del circuito interaccional, retroactivo, entre el afecto y la experiencia.

Las emociones, por lo tanto, no sólo se constituyen en los mediadores complejos de la experiencia, sino que cumplen, a su vez, un papel organizativo y diferenciador interno. Lo que comienza como un sistema ilógico que recibe el input de los sentidos se torna, a través de los resultados de la experiencia evolutiva, en un instrumento social complejo y en un medio para estructurar la vida mental interna.

El creciente ciclo de experimentación y categorización acaba influyendo en la fisiología cerebral, más que a la inversa, constituyendo una danza íntima entre la naturaleza v los estímulos externos.' Resulta engañozo intentar separar las contribuciones de ambos, dado que uno sólo puede definirse en el contexto del otro. La conciencia surge de estas interacciones continuas en las que la biología organiza la experiencia y la experiencia la biología.

Los procesos que posibilitan la experiencia y la expresión afectiva tienen lugar en las células vivas que, a su vez, comprenden procesos fisiológicos sólo parcialmente conocidos, pero que parecen diferenciarse, aun y así, de los sistemas no vivos como los que operan en los ordenadores. Determinados paralelismos, sin embargo, aportan indicios útiles de cómo un fenómeno de origen físico puede llegar a adquirir un matiz y un significado subjetivo y contribuir, de esta forma, al desarrollo de la conciencia.

La palabra que utilizamos para definir las emociones indica su naturaleza dual: lo que denominamos «sensaciones» no sólo comprende diferentes estados psicológicos sino, a su vez, sensaciones viscerales concretas. La ansiedad se puede presentar en forma de una aceleración del pulso, un desencanto como un dolor abdominal agudo, la tristeza como obstrucción de la garganta, el estrés como pulsaciones en las sienes.

A muchas personas que han padecido una desgracia importante no sólo se les ha «roto el corazón», a modo de metáfora de un estado de desolación, sino que han experimentado un dolor manifiesto en la parte superior del tórax. Muchas personas que han sentido un miedo intenso han temblado, físicamente, por un sudor frío.

El lazo de unión entre la sensación física y la emocional no es, por lo tanto, ni circunstancial ni simbólico. Está, de hecho, arraigado en nuestra neurología y en nuestra musculatura. Únicamente mostrando la cara externa de una emoción se puede representar parte del afecto original. Si se le ocurre adoptar una sonrisa de felicidad de forma deliberada, tendrá ocasión de sentir una oleada de buen humor. Si aprieta los labios y frunce el ceño poniendo cara de muy

enfadado, sentirá un instante de irritación. Arrugar la frente con expresión de angustia conllevará una ligera sensación de pesar. Percibimos nuestras emociones, literalmente, en nuestros cuerpos e, inversamente, nuestras caras y nuestros cuerpos expresan lo que sentimos. Además, cada expresión facial o corporal de una emoción —cada sonrisa, mueca o expresión de rabia, cada espalda rígida, hombro caído o brazo que pega— tiene su propia y sutil gradación en lo referente al sentimiento y la tonalidad emocional interna.

Las emociones solas no crean la conciencia si bien, más que la experiencia sensorial por sí misma, sí forman la mente. Más bien se da el caso de que una creciente gama de emociones es gradualmente recogida por la capacidad del sistema nervioso encargada de elaborar pautas. El aspecto afectivo del código dual genera un sentido de vitalidad muy elemental a partir de las experiencias del bebé. La sensación, la reactividad, las características decisivas de ciertas neuronas, siguen aportando la base fisiológica de la vida afectiva y emocional. A medida que estas experiencias emocionales aumentan en número y complejidad, son abstraídas y se forman patrones. El cerebro, en plena fase de desarrollo y bien estimulado, acaba siendo un detector de patrones cada vez más elaborado. Estos patrones ganan en intencionalidad y complejidad y se organizan en los seis niveles descritos en los capítulos 3 y 4. Tal como dijimos, en los niveles cinco y seis son traducidos en imágenes y surge un sentido del sí mismo representativo o conciencia.

Se pueden concebir, así, dos componentes de la conciencia. Uno es de naturaleza generativa e implica la reactividad de las células nerviosas y la actividad fisiológica y afectiva concomitante (por ejemplo, un sentido agradable al tacto). El otro es de naturaleza organizativa. El hardware del. sistema nervioso nos permite abstraer y organizar patrones sensoriales y afectivos, a medida que interactúa con un determinado tipo de experiencias. Ambos componentes trabajan conjuntamente para generar conciencia.

Lo que habitualmente entendemos por «conciencia» es, de hecho, capacidad autorreflexiva, lo que constituye un estadio evolutivo relativamente tardío. En esta etapa, la mente puede tener conciencia de sus propios sentimientos y deseos —«Soy feliz», «Estoy molesto», «Estoy Piste», «Quiero pegarte», «Quiero amarte»—. Esta capacidad de concienciación reflexiva atraviesa diferentes etapas, tal como indica-los en el capítulo anterior. En el niño de cuatro a cinco años, la expresión de un deseo —«Quiero salir afuera ahora»— sustituye a las exigencias del niño de tres años —«Afuera» o «Abre puerta»—. A lo largo e su etapa escolar, observamos un nivel de reflexión incluso superior: n sentido del sí mismo crecientemente fortalecido por la experiencia el día a día.

El adolescente muestra unos niveles superiores todavía: es capaz de flexionar no sólo acerca de lo que está pasando en el presente sino, a su vez, sobre lo que podría pasar en el futuro. El adulto joven puede comprender su propio pasado, prever su futuro y reflexionar, con cierta perspectiva, sobre los acontecimientos de su entorno. En las siguientes tapas de la vida, niveles de conciencia incluso superiores dependen del conocimiento más profundo de la propia personalidad del individuo respecto de la familia que ha formado, su comunidad y, en última instancia, 1 mundo como un todo y los ciclos de la naturaleza.

Generalmente pensamos que el conocimiento consciente es un fenómeno propio de las etapas autorreflexivas tardías, cuando esta capacidad constituye, de hecho, el legado del largo proceso evolutivo esbozado en as capítulos 2-4. El primer signo de conciencia es, sencillamente, la noción de ser vivo que adquiere el bebé: el borboteo de sus sentimientos en expuesta a las sensaciones en una época en la que todavía no puede diferenciarse a sí mismo del mundo que le rodea. Este sentido precoz de vialidad afectiva no está ligado a símbolo o conducta intencional alguna. '.n lugar de denominarlo arousal, sería más apropiado denominarlo sendo de vitalidad afectiva. Cuando el niño pequeño comienza a mostrar referencias por las personas más próximas y un interés inusitado y ale-re por el mundo de los seres humanos, comienza la segunda fase de la conciencia. Aunque todavía no se asocien símbolos o conductas intencionales a sus sentimientos, su conciencia abarca, ahora, a otro ser humano con el que comparte un sentido de felicidad indiferenciado. La conciencia se expande rápidamente, incluyendo otro tipo de deseos y sentimientos, como la dependencia, el placer y la rabia.

Una vez alcanzado el siguiente hito, cuando el niño desarrolla patrones de conducta intencionales (alzar los brazos para que le levanten v otros similares), comienza a florecer un nuevo tipo de conciencia, diferenciando crecientes parcelas del «yo» definidas por estas conductas intencionales de las demás personas. A continuación, aparece la conciencia de

pautas complejas haciendo referencia a muchas conductas intencionales propias y ajenas. Un «yo» más integrado, formado por muchos deseos, sustituye aquellos islotes del «yo» precoces e incluye la comprensión de tener que debatir con otros sobre seguridad, protección, dependencia, consentimiento, desaprobación, aceptación, rechazo, autoafirmación, rabia y otros contenidos emocionales cotidianos. Incluso antes de la formación de símbolos, existe un sentido de unidad, intencionalidad y cierto tipo de significado. Una vez podamos abstraer nuestras emociones simbólicamente, a través de la palabra y las imágenes, comenzamos el periplo de la conciencia simbólica, descrita anteriormente.

Es difícil, para un adulto, imaginar cómo se percibe un bebé o un niño pequeño a sí mismo a lo largo de las diferentes etapas de este pro-ceso. Por muy fidedignamente que intentemos recrear estas sensaciones a través de diferentes técnicas —relajación profunda, hipnosis, ejercicios espirituales— estas etapas de conciencia precoz parecen fuera de nuestro alcance. Incluso si pudiéramos, realmente, contactar con estos estadios mentales iniciales, no seríamos capaces de recordarlos en cuanto estuviéramos de vuelta en nuestro estado simbólico habitual. Quizás únicamente en ciertas facetas de la expresión artística se puede tomar contacto con formas precoces de la conciencia. La psicoanalista Marion Milner parece sugerirlo en On not being able to paint: «La experiencia de la coincidencia interna y externa que experimentamos ciegamente cuando nos enamoramos emerge conscientemente a la superficie en las artesa

Aparte del nivel evolutivo, el grado de conciencia varía, claramente, de una persona a otra, en función del contenido emocional que la en-vuelve. Un nivel de conciencia reflexivo y de amplia base comprende múltiples sentimientos, como la alegría y el placer, la dependencia, la autoafirmación y la rabia. Nos permite apreciar los sentimientos de las de-más personas y colaborar con otros de cara a determinadas iniciativas, en el nivel político, religioso, filantrópico o de conservación del medio ambiente. Un menor índice de conciencia y de capacidad reflexiva se relaciona con haber experimentado únicamente unos pocos y repetitivos contenidos emocionales (por ejemplo, siempre enfadado o receloso) y unas actitudes rígidas y centradas en sí mismas. Cuando hablarnos de una conciencia de- sarrollada no nos referimos, por ejemplo, a cierta habilidad etérea para proyectarnos a nosotros mismos a través del espacio y del tiempo. Nos referíamos, de hecho, a la capacidad de experimentar las emociones humanas más ;mentales en nosotros mismos y en los demás, y reflexionar sobre ellas en ¡estro contexto familiar, social, cultural y ambiental.

Las emociones que desempeñan un papel central respecto del sentido 1 sí mismo posiblemente constituyan el nexo de unión, el enlace, entre la ente y el cuerpo, cuya polaridad ha fascinado a filósofos y científicos de conducta humana durante milenios. El sistema nervioso conduce las sensaciones procedentes de todos los órganos del cuerpo a aquellas regiones cerebrales que organizan y abstraen los patrones de conducta, conectando los sistemas fisiológicos con los emocionales. Este lazo de unión funciona en ambas direcciones.' En caso de lesión o de enfermedad, sobre todo si es dolorosa, puede, al menos de forma temporal, limitar el sentido del sí mismo al simple deseo de poderse levantar de la cama e ir solo al baño o, sencillamente, a que cese el dolor. Los estados afectivos intensos y generalizados, relacionados con las necesidades básicas, pueden redefinir quiénes somos, qué querernos y qué pensamos, disminuyendo nuestra capacidad reflexiva y devolviéndonos a una forma de proceder en la que el alcance de estos logros absorbe completamente nuestra conciencia.

La conservación de niveles superiores de conciencia depende de que necesidade s físicas más elementales estén cubiertas y las emociones guiadas, de tal manera que los afectos intensos no eclipsen los patrones las variantes más sutiles que sostienen las capacidades mentales superiores. A una persona atemorizada, hambrienta o enferma le resulta difícil adoptar una actitud filosófica. «Debo estudiar ciencias políticas y militares para que mis hijos tengan libertad para poder estudiar matemáticas y filosofía», escribió John Adams a su mujer, Abigail, durante la revolución. «Mis hijos deberían estudiar matemáticas y filosofía, geografía, historia de las ciencias naturales, arquitectura naval, navegación, comercio y agricultura, para darles a sus hijos el derecho de poder estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, escultura, tapicería y cerámica. Sólo es posible alcanzar los niveles superiores de conciencia cuando las necesidades materiales y de

seguridad están garantizadas.

El concepto evolutivo de la relación mente-cuerpo parte de la convicción de que las emociones no se deben asociar a las partes menos evolucionadas del sistema nervioso, como es el sistema límbico; al contrario, los niveles más altos del córtex cerebral implican la experiencia afectiva, no exclusivamente cognitiva.

En un reciente trabajo de investigación llevado a cabo con Stephen Porges, hemos

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