Uno de los aspectos más sorprendentes del debate fisiología-educación lo constituye el hecho de que ambos bandos sean capaces de aportar unas pruebas que parecen absolutamente concluyentes. ¿Cómo pueden los genes ser responsables, al parecer, de un 40 a un 70°/a de la inteligencia —una cifra a menudo citada por respetables expertos—mientras que, al mismo tiempo, la experiencia ejerce un efecto decisivo? Un análisis más minucioso de los estudios llevados a cabo con gemelos, tan fomentados por los genetistas conductistas,
ofrece una explicación interesante de esta paradoja. Gran parte de la investigación que intenta medir lo biológico y lo ambiental mediante un rasero distinto contra-pone parejas de gemelos univitelinos con gemelos bivitelinos. Como aprendimos todos en ciencias naturales de secundaria, los gemelos idénticos, o monocigotos, se presentan cuando un único huevo fertilizado (cigoto) se divide en dos para formar dos embriones que comparten exactamente la misma dotación genética. Los gemelos dicigotos, o fraternos, se presentan cuando dos cigotos son liberados de los ovarios maternos, fertilizados y dados a luz al mismo tiempo. Los gemelos dicigotos tienen dotaciones genéticas no más parecidas a las de cualquier pareja de hermanos.
Los rasgos faciales, el color del cabello y de los ojos y todas las de-más características determinadas genéticamente, son las mismas en los gemelos univitelinos. Los gemelos bivitelinos, que únicamente tienen algunos genes en común, lógicamente se parecen mucho menos entre ellos. No obstante, dado que los dos tipos de gemelos nacen al mismo tiempo — y, por lo tanto, tienen más posibilidades de compartir experiencias comunes— y viven en la misma familia, compartirán muchos rasgos de origen ambiental. Los investigadores dan por sentado que si la diferencia entre los gemelos bivitelinos sobrepasa, en cualquiera de las características, la diferencia que se manifiesta entre gemelos univitelinos, este ex-ceso refleja el grado de influencia hereditaria para esta característica en particular. Por lo tanto, si los gemelos idénticos difieren, en promedio, en tres puntos de su Cl y los gemelos fraternos en once, los ocho puntos sobrantes representan la contribución genética.
Los gemelos idénticos, por ejemplo, siempre tienen el mismo color de ojos; los gemelos bivitelinos, sólo alguna vez. Este rasgo está, entonces, claramente bajo control genético. Pero supongamos ahora, por un momento, que un miembro de un grupo de gemelos univitelinos idénticos ha tomado clases de clarinete durante dos años, al igual que un miembro de un grupo de gemelos bivitelinos. Ninguno de sus hermanos ha dedicado el más mínimo tiempo, sin embargo, a aprender este instrumento. Cada pareja consiste, por lo tanto, en una persona que muestra cierta habilidad con el clarinete y otra que no. La diferencia entre los hermanos es idéntica a la diferencia entre las hermanas. Es evidente que el dominio del clarinete procede de la experiencia.
La mayoría de los rasgos no son, sin embargo, proposiciones del tipo todo-o-nada. La altura, el peso, la inteligencia y todas las demás cualidades oscilan, más bien, a lo largo de una escala de muy bajo a muy alto, de muy ligero a muy pesado, de muy triste a muy alegre, etcétera. Cada rasgo comprende además algunos aspectos obviamente genéticos y otros que no lo son. Un miembro de una familia en la que todos son altos, puede ser relativamente bajo si se desarrolló en una época de carestía. Una persona con capacidad neurológica para ser alegre puede, sin embargo, mostrarse como embotada si no ha podido disfrutar nunca de las atenciones adecuadas.
La pregunta a la que intentan responder los estudios comparativos entre gemelos es qué porcentaje de estas características variables se puede atribuir, estadísticamente, a cada uno de los factores. Podemos, por ejemplo, medir la altura de un colectivo importante de gemelos. Si calculamos las diferencias de altura entre los miembros de cada pareja encon- traremos, con toda probabilidad, que el grupo de gemelos univitelinos tendrán, en promedio, una altura más parecida que el grupo de bivitelinos. De acuerdo con la metodología de los genetistas conductuales, llegamos a la conclusión de que el peso es, básica si bien no exclusivamente, un rasgo genético.
Este procedimiento de comparar gemelos mono y dicigotos aporta una base de datos para el estudio de las diferencias genéticas de la inteligencia y de otros rasgos, como podrían ser la timidez o la confianza en uno mismo. A simple vista, parece tener sentido. Un análisis más detallado revela, sin embargo, que el asunto es mucho más complejo que todo esto.
Recientemente se ha identificado, por ejemplo, un gen que parece ser el causante de la obesidad, al desactivar el mecanismo que informa al cerebro de la cantidad de grasa que tiene el cuerpo de una persona. De cara a nuestra argumentación, podemos definir este gen como un estimulan-te del apetito. (Hasta qué punto esta formulación simplifica en exceso el funcionamiento de este y otros genes, todavía desconocidos, queda a merced del criterio de otros investigadores, mucho más expertos que yo en esta materia.) Los bebés portadores de este hipotético gen del apetito comen, entonces, mucho más que los no portadores. Para investigar su contribución a la obesidad, decidimos estudiar niños en Israel yen Italia, países cuyas culturas enfatizan de forma evidente el placer de comer alimentos ricos en grasas y en
hidratos de carbono refinados. Tanto las familias israelitas como las italianas estarían, seguramente, encantadas de tener una pareja de gemelos univitelinos que mostraran gran apetito y fueran tan buenos comedores. A los veinte años, estos bebés se habrán convertido, posiblemente, en unos adultos jóvenes con un peso superior a la media.
Ampliemos ahora nuestro estudio para incluir un grupo de gemelos bivitelinos en los que un hermano tiene el llamado gen del apetito y el otro no. En cada pareja, uno de los gemelos siempre come con gran avidez, mientras que el otro apenas prueba la comida. A los veinte años, el peso de los gemelos difiere enormemente. Concluimos, así, que el peso obedece aun componente genético que influye decisivamente, quizá en un 70 a 80%.
Sin embargo, traslademos ahora nuestra investigación de las costas del Mediterráneo a las montañas de la Asia central, donde las dictas son, en gran medida, vegetarianas y las cantidades suelen ser escasas. Los hidratos de carbono que consumen en estos países no suelen estar refina-dos y son ricos en fibras, y todas las familias trabajan duro en el campo y cada día realizan una larga caminata, por senderos empinados, para volver a su casa. En esta sociedad, apenas nadie tiene un sobrepeso moderado, no digamos ya una obesidad manifiesta, a los veinte años o a cualquier edad. A pesar de que los gemelos univitelinos de este entorno cultural pueden compartir el gen del apetito, no así los gemelos bivitelinos, en un contexto tan espartano ningún gen del apetito tiene la oportunidad de poderse expresar. Dicho en otras palabras, la supuesta tendencia genética nunca se traduce en kilos adicionales, dado que la dieta y los hábitos de trabajo no le dan la oportunidad para ello. Los gemelos mono y dicigotos muestran unas diferencias de peso relativamente pequeñas porque aquí apenas nadie acaba siendo obeso. Nuestros resulta-dos demuestran una influencia genética insignificante sobre el peso corporal.
Pero ¿cómo es posible que existan diferencias tan importantes en la evaluación de la influencia de los factores hereditarios versus factores ambientales, si únicamente cambiamos de emplazamiento? Una vez tuve la oportunidad de instar aun genetista conductual a que explicara estos resultados. ¿Implica la influencia genética un curso biológico relativa-mente estable? Respondió negativamente; las conclusiones sobre la in-fluencia genética únicamente son válidas para la población de la que proceden. En el campo de la genética conductual se emplean modelos estadísticos que no ponen al descubierto los mecanismos biológicos, sino únicamente una relación estadística. Los mecanismos biológicos deben estudiarse de otra forma.
Un ejemplo muy elocuente planteado por R. C. Lewontin, Steven Rose y Leon Kamin ilustra este aspecto Supongamos que cogemos dos puñados de un saco de semilla de trigo y plantamos cada uno en una de-terminada parcela de terreno. Fertilizamos y regamos abundantemente una de las parcelas, mientras que la otra únicamente recibe lo mínimo para sobrevivir. Al cabo de cierto tiempo, el trigo comienza a brotar. Seguimos regando y fertilizando generosamente el primer terreno, suministrándole al otro cantidades mínimas. Cuando nuestras semillas han madurado, finalmente, observamos que ambos terrenos tienen plantas de diferentes alturas, unas más altas que otras, algunas mucho más cortas. Dado que las plantas de cada uno de los dos terrenos recibieron la misma cantidad de agua, abono y horas de sol, ¿podemos concluir que la altura es un rasgo básicamente genético?
No, si comparamos ambos terrenos. Una simple mirada nos indica que los tallos del terreno bien cuidado son, en promedio, más altos que los del terreno vecino, seco e infraalimentado. La diferencia entre las alturas medias de los dos terrenos tiene, claramente, una causa ambiental. Basándonos en esta comparación, tenemos que concluir que la altura tiene un componente claramente contextual. Únicamente si mantenemos el entorno estable, al comparar las plantas de un mismo terreno podemos observar el efecto genético. Es, por lo tanto, completamente coherente que un hipotético gen del apetito o de la obesidad pueda explicar el 80% de la variación de peso en una población saturada de alimentos sabrosos y grasos y de hidratos de carbono, mientras apenas ejerce influencia alguna en personas que, a duras penas, se alimentan a base de verduras y cereales ricos en fibras.
La mayoría de las personas presupone que una característica considerada de transmisión genética constituye un factor inamovible. Tal como hemos visto, la expresión de muchos rasgos genéticos difiere, sin embargo, en gran medida, en función de las influencias ambientales. A modo de otro ejemplo, supongamos que tenemos un saco de semillas de maíz que contiene algunos granos con un gen de la altura que permite que la planta alcance toda su altura únicamente en condiciones óptimas de crecimiento, mientras que el resto tiene un
gen de la altura que se ex-presa incluso en condiciones menos favorables. El grano tiene idéntico aspecto y está distribuido al azar por todo el saco, así que no podemos decir qué cantidad de cada tipo de grano hay en un puñado.
Ahora plantamos tres puñados de semillas, aparentemente idénticos, en tres terrenos: regamos y abonamos exhaustivamente uno de los terrenos, desatendemos el segundo y prestamos cuidados intermedios al tercero. En el terreno medianamente cuidado, algunas plantas están atrofia-das —aquellas que tienen un gen que requiere condiciones óptimas para poderse expresar—, mientras que otras —aquellas que tienen un gen capaz de prosperar en condiciones medianas— evidencian una buena altura. En el terreno abandonado, ningún tipo de semilla crece satisfactoriamente, independientemente del gen que porte. En el terreno perfectamente cuidado, todos los tallos de ambos tipos de semillas son altos, dado que las condiciones idóneas permiten que todo tipo de semillas crezcan adecuadamente.
Se observa, pues, claramente que incluso cuando una característica tiene un componente genético, los factores ambientales no sólo modifican sino que, de hecho, determinan el resultado. Los genetistas han aislado rasgos cuyo desarrollo diferencial enfatiza de modo incluso más evidente el efecto muchas veces decisivo de los aspectos ambientales. La fenilcetonuria, por ejemplo, una enfermedad causada por un único defecto genético del metabolismo de las proteínas, puede acarrear un grave retraso mental en determinadas circunstancias. El destino de un niño nacido con este gen defectuoso depende, sin embargo, totalmente de su dieta. Si se le suministran alimentos que no puede metabolizar, su sistema nervioso sufrirá alteraciones que le conducirán al retraso. Pero si se le alimenta únicamente con lo que su cuerpo puede asimilar, tanto su sistema nervioso como su inteligencia se desarrollarán de forma totalmente normal.
Los genetistas conductuales previenen, así, contra el error común de confundir la influencia genética con la inmutabilidad. El hecho de que determinado rasgo tenga un componente genético no significa que el en-torno no desempeñe un papel importante. Mientras desconocemos un factor ambiental que pueda influir y cambiar el color de los ojos, por ejemplo, muchos otros rasgos, sobre todo aquellos relacionados con nuestras capacidades mentales y con nuestra conducta, se sitúan en un terreno intermedio, a expensas de una sutil interacción entre los genes y su entorno, sea éste bioquímico o interpersonal.
Los genetistas conductuales observan, como regla general, que un ambiente uniforme acentúa la aparente influencia de lo hereditario. Imaginemos, por ejemplo, un saco de semillas de maíz que contiene granos con una amplia gama de dotaciones genéticas sobre la altura. Si plantamos un puñado de estas semillas en un terreno que se riega y abona únicamente, entonces las variaciones que aparecen entre las diferentes plantas deben obedecer, en gran medida, a las diferencias genéticas. Pero si modificamos las condiciones ambientales dentro del mismo terreno —digamos, por ejemplo, que plantamos un puñado de semillas y cuidamos con sumo esmero algunas panes del terreno mientras que descuidamos las demás con diferentes grados de intensidad—, la aparente influencia genética se reduce y la aparente influencia ambiental se acentúa. Cuando el ambiente modifica la influencia genética en grado extremo, su efecto aparente se acentúa.
Otro error metodológico de los estudios gemelares es la suposición, indemostrable, de que las similitudes entre gemelos idénticos reflejan su dotación genética, mientras que las diferencias entre gemelos bivitelinos reflejan el ambiente. Esta suposición no considera la posibilidad de que los gemelos idénticos puedan alcanzar unas puntuaciones similares en su Cl, no porque tengan los mismos genes, sino porque se desarrollan en unos ambientes mucho más parecidos que cualquier otra pareja de hermanos, incluidos los gemelos bivitelinos ¿Por qué los gemelos univitelinos perciben los patrones parentales deforma más similar de lo que ha-rían los gemelos bivitelinos? Debido a que son ellos mismos los que provocan respuestas similares en todas aquellas personas que les rodean. No resulta difícil imaginar, a la luz de lo que sabernos sobre cómo los bebés influyen en sus educadores, que una pareja de niños pequeños, idénticos en cualquiera de las facetas innatas, fomentaría un estilo educativo muy parecido. Dos niños muy extrovertidos o dos niños muy retraídos, dos niños muy activos o dos muy pasivos, probablemente generan en sus padres —e incluso en los padres adoptivos que los educan en hogares diferentes— una similar intensidad a la hora de repartir caricias, arrullar y jugar activamente con ellos, o de sentir cierta decepción y un ligero rechazo. Ello es especialmente válido si los padres son mí Malamente sensibles y no aplican conductas
extremas, Por contraste, los gemelos bivitelinos, con sus diferentes características fisiológicas v temperamentales, suscitan unas reacciones bien diferentes por parte de los adultos. La semejanza de Cl en gemelos univitelinos puede, por lo tanto, reflejar en parte un contexto experiencial muy parecido.
Hemos observado que los padres tienden a reaccionar de forma similar a ciertos rasgos temperamentales: por ejemplo, deleitarse con el bebé simpático y comunicativo y dedicarle más tiempo al niño ensimismado. Si bien las respuestas fisiológicas del bebé y, en última instancia, sus genes, pueden constituir el factor desencadenante de las reacciones adultas, los resultados reflejan, en sentido estricto, la influencia que ejerce el entorno del niño. Una educación parecida y no unos «genes de la inteligencia» idénticos, serían así, en parte, los responsables de unas puntuaciones similares en el Cl de los gemelos univitelinos . Si estos niños se criaran de forma diferente, probablemente obtendrían unas puntuaciones más divergentes.
La observación clínica apoya esta hipótesis y pone al descubierto algunos de los sutiles mecanismos psicológicos que subyacen a la relación que se establece entre lo fisiológico v lo educacional. Una pareja de gemelos univitelinos extrovertidos y vitales puede atraer a unos padres bien educados, ilusionados y entregados hacia una relación activa, responsable y vigorosa, que acentúe la manifiesta tendencia hacia la sociabilidad de los bebés y desarrolle en ellos habilidades lingüísticas, de comprensión y de razonamiento. Otra pareja de gemelos monocigotos con unos padres inteligentes y responsables pueden parecer retraídos e incluso apáticos. Después de varios meses de dedicar sonrisas, gesticulaciones y mimos de un modo intenso, casi desbordante, a los pequeños, los padres acaban resignándose a mantener una relación más distante y menos intensa con sus gemelos de lo que hubieran deseado. En ambas familias, los factores genéticos y ambientales responden y se refuerzan uno. al otro.
Mientras que un gemelo bivitelino puede, por contraste, ser alegre, despierto y sociable, un pequeño y rechoncho animalito de peluche al que le encante que sus padres le hagan cosquillas, le rían las gracias y parloteen con él, el otro gemelo, más tímido y serio, puede generar menos muestras de afecto y deseos de estimulación. Los padres responden a cada niño de acuerdo con su forma de ser: uno recibe constantemente estímulos para favorecer la interacción, mientras que al otro se le deja más a su aire. ¿Puede decirse realmente que ambos gemelos viven un mismo ambiente? ¿Puede considerarse que las personalidades divergentes que acabarán exhibiendo son de verdad un producto exclusivamente genético?
Hace unos cuantos años, colaboré en la dirección de un estudio que tenía como finalidad explorar los efectos de las percepciones parentales en los gemelos uni y bivitelinos. Muy a menudo, los padres proyectan sus propios sentimientos en sus hijos, considerando, por ejemplo, aun gemelo como débil y al otro como fuerte. Dos factores deben tenerse en cuen ta acerca de este tema: la propia personalidad del padre y sus conflictos, y las reacciones fisiológicas de los bebés que sirven de estímulo para las percepciones parentales. Una vez que los padres perciben a cada uno de los gemelos de forma rígida, tienden a crear interacciones que confirmen su proyección (por ejemplo, sobreprotegiendo al gemelo «débil»).
Gracias a la intuición, a la experiencia o debido a la ayuda externa, algunos padres simplemente no prosiguen con sus reacciones iniciales. Pueden comenzar a darse cuenta de que un gemelo responde escasamente al sonido o al tacto y que le cuesta organizar los movimientos de su cuerpo. Dado que las señales habituales de afecto apenas parecen hacerle mella, le pueden intentar hablar en unos tonos más alegres, más vivos y comenzar a jugar al caballito, a zarandearlo, a alzarle en brazos y a hacerle cosquillas. Con este tratamiento, en cierta medida, más activo y comprometido, el bebé se ve progresivamente atraído por el variopinto y excitante mundo externo. Comienza a relacionar las interacciones con estímulos y afectos. Los padres pueden, entonces, sacarlo de su cascarón emocional y hacerle partícipe de unas relaciones tranquilas pero gratificantes.
¿Es esto únicamente una teorización superficial? ¿Son la hipotonía y una baja capacidad de respuesta únicamente síntomas de un Cl bajo e inamovible? Pienso que no. He visto cómo padres y terapeutas han con-seguido que niños con un tono muscular muy bajo y una actitud replegada sobre sí mismos alcanzaron, no sólo un buen nivel intelectual y de relación social, sino la expresión de facultades sobresalientes. Si un número considerable de niños con