La siguiente dimensión para evaluar las entidades nacionales corresponde a dos niveles evolutivos, la comunicación simple y, posteriormente, la comunicación intencional presimbólica, y hace referencia a los mensajes afectivos, transmitidos dentro de la sociedad por medio de las interacciones no verbales. Como vimos, el niño capta las expresiones faciales, las posturas corporales y los tonos de voz en estas fases evolutivas y, a través de ellos, toma conciencia de las actitudes no verbales, los valores, las creencias y los sentimientos de las personas que le rodean, crean-do los fundamentos de un «supersentido» social que utilizará, entonces, para juzgar sus propias intenciones, afectos y acciones, y para orientarse entre sus semejantes.
En todo el mundo, la conducta de los padres transmite a los niños, una y otra vez, los mensajes culturales tácitos. Un padre norteamericano celebra que su hijo se vista solo con una sonrisa efusiva y estimulante: «Somos norteamericanos, y confiamos en nosotros mismos». Una madre inglesa mueve su cabeza reprochándole a su hijo sus quejas sobre el retraso del autobús o lo incómodo del asiento: «Los ingleses no nos quejamos». Un padre español, que presencia cómo su hijo hace caso omiso a un insulto, le dice con desdén y mirada seria: «Nosotros, los españoles, defendemos nuestro honor y el de nuestras familias». Una madre japonesa ignora aun pequeño que se jacta de haber superado a un compañero de clase: «En Japón, no llamamos la atención hacia nosotros mismos».
Cada sociedad considera muchos de los importantes temas emocionales que son propios de la vida —amor, añoranza, deber, rabia, pasividad, sexualidad y todos los restantes— de forma muy diferente. En esta etapa de la comunicación preverbal, intencional, la sociedad transmite a las nuevas generaciones un sentido firme y duradero de las actitudes «correctas», traspasando, así, a sus miembros más jóvenes, los rasgos más fundamentales de su cultura v de sus creencias. El aprendizaje es, real-mente, tan profundo en esta etapa que resulta ser algo muy parecido a lo que consideramos los «valores». También estructura en gran parte el sentido del sí mismo del individuo. Somos o no somos, por ejemplo, personas que mostramos nuestras emociones abiertamente, o que mantenemos una actitud impasible o una conducta decorosa en aras de la corrección. Somos o no somos personas que preguntamos por qué las cosas son como son, o quién da lugar a una insinuación de tipo sexual, o quién antepone las obligaciones filiales a la realización personal. Las personas que hacen estas cosas de manera diferente son, pues, diferentes de nosotras.
Cuando un niño mete sus dedos en la comida o corre por la habitación o interrumpe una conversación o llora o patalea o ríe o intenta abrazar a alguien, un padre puede responder con una sonrisa afectuosa, un levantamiento de cejas, una mirada fría, un guiño, un movimiento de cabeza, una señalización con el dedo índice, una palmadita en el trasero, un cachete en la muñeca... Cada una de estas respuestas comprende, por supuesto, un cariz emocional. A través de miles de interrelaciones como éstas, el niño aprende lo que es y no es aceptable, lo que es correcto y lo que no es correcto, lo que es y no es realizado, sentido y dicho. Los adultos no proyectan estas interacciones gestuales al azar. Más bien basan su
conducta en sus propios valores yen su sentido de la justicia y de la urbanidad, y en lo que las sonrisas, las miradas ceñudas, los abrazos, los asentimientos con la cabeza y los encogimientos de hombros como gesto de enfado han significado para ellos en su propia experiencia.
La comunicación gestual otorga información básica sobre el funcionamiento de una sociedad. ¿Juzgamos, por ejemplo, nuestras acciones en función de unos criterios fijos e inamovibles, o las evaluamos con arreglo al contexto? En un grupo, cualquier conducta auto afirmativa o desobediente por parte de un niño es castigada con una mirada seria y un movimiento de desaprobación con la cabeza, mientras que en otro grupo los padres que habitualmente están acostumbrados a ser obedecidos, incluso gratificarán con una sonrisa al niño que ha inventado una manera ingeniosa para eludir una orden, al igual que al niño pequeño que echa mano de un taburete para alcanzar la caja de las galletas. En la primera sociedad, el niño puede aprender la lección de que el derecho de reafirmación en la propia personalidad pertenece exclusivamente a los adultos y que las personas jóvenes deben obedecer a sus padres y profesores en las respuestas que dan en los exámenes, en las carreras profesionales que eligen, c incluso en la elección de la persona con la que se van a casar. En otra sociedad, el joven puede aprender que los criterios tienen cierta flexibilidad y que las valoraciones dependen, en gran medida, del contexto.
Las sociedades transmiten a sus miembros rasgos particulares que acaban formando parte de la personalidad. Un padre norteamericano suele responder de forma diferente al desamparo de un bebé que un padre japonés. Un apego excesivo, la conducta tímida y la obediencia inmediata hacen sentirse incómodo a cualquier padre norteamericano; a través del desarrollo de su comprensión afectiva, el niño se dará cuenta de que dicha conducta resulta poco satisfactoria. Los despliegues de iniciativa, curiosidad y conductas auto afirmativas, por el contrario —actitudes de las que cualquier madre y, especialmente, padre norteamericano se sentiría orgulloso—, crean considerable malestar al padre japonés típico, que considera el individualismo como una amenaza. En los Estados Unidos, las diferentes facetas en las que una persona afirma su propia personalidad y su conducta independiente no se fomentan única y minuciosamente duran-te los primeros meses de vida, con sus padres y en su casa, sino en el colegio, en el parque infantil, cuando están sentados alrededor de la mesa y en el puesto de trabajo. En el Japón, los aspectos más relevantes de la dependencia mutua y del deber se desarrollan en los mismos contextos.
La comunicación gestual también refleja qué temas culturales son lícitos para explorar en el futuro con mayor detenimiento y cuáles no. Cuando un niño norteamericano se interesa, por ejemplo, por los pájaros que anidan en los árboles del jardín, o qué pasa en una colmena que vio en una casa de campo, o quiénes fueron los mejores bateadores loca-les, o cómo conectarse a Internet, los gestos de asentimiento y sus sonrisas estimulan su interés por la naturaleza, los depones o la tecnología, lo que, a su vez, genera más sonrisas y más gestos afirmativos. Si, por ejemplo, ese mismo niño realiza unas preguntas puntuales sobre «los pájaros y las abejas», un cuerpo tenso, una risa nerviosa o una expresión de disgusto, incluso un deje de fastidio, pueden indicar que la sexualidad no es un campo apropiado para el afán explorador del niño, y que cualquier pregunta posterior sólo conllevará más expresiones y gestos de desaprobación.
A lo largo de la vida, los gestos y las expresiones de los demás en respuesta a nuestra conducta tienen un poder de comunicación superior al de cualquier palabra acerca de qué áreas pueden debatirse y cuáles no.
Las sociedades y las subculturas realzan generosamente determinados temas, mientras que prestan una mínima atención a otros. Las comunidades de habla yiddish, en la Europa del Este, desarrollaron un amplio vocabulario verbal y gestual para expresar sus quejas y su repulsa, lo cual permitió que un pueblo oprimido pudiera dar rienda suelta a su rabia, angustia y desesperación a través del humor, más que a través de la conducta. Las naciones isleñas de Gran Bretaña y Japón, densamente pobladas, estratificadas en diferentes clases sociales y relativamente homogéneas, han desarrollado, en cambio, un sistema de protocolo y de modales sutilmente refinado para suavizar la vida social. La población afroamericana puede expresar una amplia gama de emociones, desde una tristeza profunda hasta la máxima exaltación espiritual, por medio de una tradición musical, vocal e instrumental rica y llena de matices.