Pinjás, un nieto del Sumo Sacerdote Aarón, es el personaje bíblico que da su nombre a nuestra parashá de esta semana.
En algunas traducciones de la Biblia al español se lo llama Pineas. Y hoy día, en la vida cotidiana de Israel, a quienes llevan este nombre les suelen decir cariñosamente Pini o Pinie.
Cerca del fin de la parashá del sábado pasado (en Bamidbar-Números Cap.25 Vers.1 y subsiguientes) se nos pinta un cuadro de promiscuidad sexual que comenzó a desarrollarse entre los hijos de Israel y mujeres de los pueblos de Moab y de Midián.
Allí intervino Pinjás, quien tomó en la mano ostentativamente un arma punzante, se allegó a una tienda en que un hombre de Israel estaba haciendo el amor con una mujer midianita y los atravesó a ambos juntos con la lanza que empuñaba. El hombre que allí murió se llamaba Zimri y era un importante dignatario de la tribu de Simón. El y otros dirigentes del pueblo de Israel se habían dejado seducir por las mujeres moabitas y midianitas, y el amor que practicaban con ellas parece que era parte de un culto de Baal, uno de los ídolos que esos dos pueblos adoraban en su panteón politeísta.
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Ese acto de celo religioso - anuncia el Eterno al comienzo de nuestra parashá de hoy- ha apaciguado el enojo divino contra el pueblo de Israel, que ya había cobrado muchos miles de víctimas mediante una epidemia que se desató en su seno. ``Pinjás, el hijo de Elazar, hijo de Aarón el sacerdote, ha calmado Mi ira sobre los hijos de Israel, cuando celó Mi celo entre ellos, y (por eso) no he exterminado a los hijos de Israel en Mi celo (Id.Cap.25 Vers.11).
De tal modo se enfrentaron -parecería- el D``s de Israel y el Baal de los otros pueblos de la región, en una competencia de celos más bien propia de los seres humanos. Esta atribución de cualidades humanas al D``s de Israel se llama ``antropomorfismo´´.
Podemos hallarla de vez en cuando en la Torá y en todo el resto de la Biblia, cuando leemos allí pasajes que nos hablan de ``la mano del Eterno´´, de hallar gracia en ``los ojos del Eterno´´ o de ``escuchar la voz de El´´.
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El resto de la parashá nos presenta un nuevo censo de los hijos de Israel, ahora ya próximos a entrar en la tierra de Canaán, al cabo de los cuarenta años de peregrinación por el desierto. Otra vez suman un total de más de seiscientos mil hombres, los varones en edad militar, sin contar los niños, las mujeres y los ancianos. Ya hemos tratado el tema en una nota anterior (ver Aurora del 20.5.04).
Pero ahora, en vísperas del cruce del Jordán y de la conquista de Canaán, sale a flote -quizás un poco prematuramente- la cuestión del reparto de las tierras que allí se habrán de obtener.
Y se establecen dos principios. Primero: que cada tribu recibirá una extensión de tierra de acuerdo con la cantidad de personas que la integran: ``Al numeroso le darás más heredad, y al menor, le reducirás su heredad´´ (ID., Cap.26 Vers.54).
Y segundo: que la ubicación de cada tribu se habrá de asignar mediante un sorteo.
Porque evidentemente, allá en Canaán los esperaban porciones de tierra fértil y productiva, junto con otros terrenos duros, escabrosos y más difíciles de labrar.
``Por un goral -la `suerte´ o `sorteo´- se habrá de repartir la tierra, según los nombres de las tribus de sus padres la heredarán´´ (Id.Vers.55).
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A todo esto, se presentaron ante Moisés varias mujeres de una familia de la tribu de Menasés, y le plantearon el siguiente problema: ``Nuestro padre murió en el desierto... y no tuvo hijos (varones). ¿Por qué faltará el nombre de nuestro padre del medio de su familia, porque no tuvo hijo (varón)? ¡Dadnos un terreno en medio de los hermanos de nuestro padre! (Id. Cap27 Vers.4).
Las peticionantes eran las hijas de Tzelofjad: Majlá, Noa, Joglá, Milcá y Tirtzá, nombres de mujer hebreos muy de moda también hoy. Como nuestro padre no tuvo hijos varones -cuestionan las cinco hermanas ante Moisés -nosotras no recibiremos terreno alguno, y el nombre de nuestra familia está destinado a desaparecer
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en el futuro.
Moisés consulta el problema con la divinidad, y obtiene la siguiente respuesta: ``Es cierto lo que dicen las hijas de Tzelofjad. Les darás un terreno en herencia en medio de los hermanos de su padre, y les transferirás a ellas la herencia de su padre´´ (Id. Ver.7).
Vale decir; se establece la norma de que en ausencia de hijos varones, también las hijas están facultadas para heredar las tierras que habían pertenecido a su padre, de modo que no se reduzca el patrimonio de la familia o de la tribu respectiva.
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Todavía leemos en la parashá una breve orden de D``s a Moisés de que suba al monte de Acarim para morir allí -orden que se cumplirá recién más adelante, al finalizar el quinto libro de la Torá -y la intercesión de Moisés, para que antes de esa muerte, D``s designe un sucesor que le siga al frente del pueblo. Para esa función resulta elegido Yehoshúa, en castellano Josué. Con la recomendación de que coodine todos sus pasos con Elazar, el nuevo Sumo Sacerdote, hijo y sucesor de Aarón, el hermano de Moisés.
Y el resto de la parashá, los capítulos 28 y 29 de Bamidbar-Números, está dedicado a los sacrificios que hay que ofrendar en el altar los días hábiles, los sábados y los diversos días de fiesta.
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Transferido a la actualidad israelí denuestros días, el conjunto de los desenfrenos sexuales que en su momento combatiera Pinjás nos hace recordar lo que ocurre en ciertos burdeles que existen también en nuestro país, poblados de muchas mujeres traídas ad hoc del extranjero.
Y en cuanto a la repartición de las tierras por sorteo, ello se repitió hace casi un siglo en 1909, cuando en las arenas de la que hoy es Tel Aviv se llevó a cabo el conocido sorteo de los terrenos adjudicados a los diversos compradores, documentado por una famosa foto que hoy ya pertenece a la historia de esa ciudad.